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miércoles, 3 de noviembre de 2010

El ruido no hace bien y el bien no hace ruido

Por: P. Mario Mazzoni, mccj

Por el hecho que media docena de grillos hagan resonar toda la huerta con su insistente alboroto, no debemos pensar que son los únicos habitantes del campo. El estrépito nos molesta a todos, hasta que de pronto nos quedamos a escucharlo. Pasando del fenómeno natural a la realidad de nuestro mundo de hoy, hay que admitir que el género de los grillos parlantes prolifera rápidamente y crece también la convicción que cuando más bulla hacen, más contundente es la verdad que predican.

Un autor desconocido afirma que Dios ha dado al hombre la inteligencia para que se dé cuenta de sus límites. Y Edmund Burke, escritor inglés en el periodo de la Revolución Francesa, expresaba: «A menudo quien hace el clamor es por falta de seguridad, casi para confirmarse a sí mismo de existir y tener la razón. Pero mucho más grande es el número de los que no hacen ruido y obran, callan y crean; son discretos y, sin embargo, necesarios al bien común». Por eso no debemos temer el estrépito de algunos a los que les cae bien el dicho shakesperiano: «Mucho ruido por nada».

Con frecuencia la actitud prepotente crea desunión en la sociedad e incapacidad de aceptar al otro y perdonar. Decía Gandhi: «El débil no es capaz de perdonar porque el perdón es virtud de los fuertes». Por ejemplo, al entrar en escena un hombre con el cuello hinchado, gritando, insultando indignado, todos lo miran asustados, se acobardan y finalmente se convencen de que tiene la razón. En este cuadrito televisivo se asigna la victoria a quien grita más y aparenta más firmeza. Se confunden, como si fueran sinónimos, dos realidades: fuerza y fortaleza, cuando la primera es una energía primitiva física o psíquica que puede servir sólo si es controlada; mientras que la segunda es una virtud cardinal que manifiesta un ánimo coherente y magnánimo. Quien la posee no es mezquino, no se venga, no es mentiroso; sabe comprender, respetar y ser generoso.

Esta grandeza de mente y de corazón es juzgada por la persona superficial y mediocre como debilidad y servilismo. Al revés, es señal de nobleza de ánimo y dignidad. El auténtico cristiano pertenece a esta categoría. Lo expresa san Pablo con la aparente paradoja: «Cuando me siento débil, entonces soy fuerte».
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